Seis de la mañana,
la ciudad se levanta
a inaugurar esperanzas,
miedos,
desasosiegos,
se brinda con café
por la luz del sol
que atraviesa el aire contaminado.
Me gusta ver los meteóricos
vendedores de periódicos
que parecen ir cayendo
sobre las calles,
como lanzados de otro planeta,
con sus pregones de siempre:
las noticias de glorias deportivas,
los inventarios de muerte
y escándalos previsibles.
Pero nadie dice, sino Héctor,
las otras noticias
que se dejan pasar debajo de la mesa,
asuntos relevantes
como los secuestros de almas
la inmortalidad de los cangrejos
y la de las canciones mal escritas,
las palabras escondidas en cajones,
las virginidades perdidas,
por las cuales ya casi no hay
quien pida rescate.
Héctor grita,
vestido con su uniforme melancólico
de cuadritos de añoranza,
tan diferente a esos otros uniformes,
amarillos, verdes, azules,
tan rotundos, tan totalitarios,
tan absolutos.
En cambio, el de Héctor siempre nos deja
como sano ejercicio mental
el beneficio de la duda.
Caminando,
cerca del Paseo de los Próceres,
se acercan las interesadas guacamayas
a escuchar alarmadas
que cada día escasea más
el kilo de sensibilidad,
y que ya casi nadie mira el horizonte
como un adolescente enamorado,
que la gente camina por la calle,
como perdida,
indigente de esperanzas,
sin maravillarse,
pero Héctor aún cree
y por eso sigue pregonando.
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